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Los niños y la IA: la generación que cree que siempre ha estado aquí

Un niño de ocho años usa el mismo teléfono para hablar con sus abuelos y para hablar con un chatbot, y mete las dos cosas en el mismo cajón: «cosas a las que llegas por el teléfono». Otro dice de la voz que le contesta que es «una persona en el teléfono, sin duda». Lo cuenta la psicóloga del MIT Sherry Turkle en su último libro, después de años preguntando a niños qué creen que hay al otro lado.

Lo que me fascina no es que confundan una máquina con una persona. Es la frase que hay detrás: que para ellos esto no ha llegado, siempre ha estado ahí. En junio de 2025 Sam Altman, el de ChatGPT, lo dijo tal cual hablando de los niños que nacieran ese año: «pensarán simplemente que el mundo siempre ha tenido una IA extremadamente inteligente». Es una frase cómoda en boca de quien vende el producto, pero describe algo que ya es verdad. Nosotros tuvimos que enterarnos de que existía. Ellos no.

Y ahí empieza lo interesante, porque haber nacido dentro de una cosa no es lo mismo que entenderla. He ido reuniendo lo que se sabe de cómo la ven de verdad, y el resultado no se parece ni al entusiasmo ni al pánico.

Lo que ven los pequeños

Lo que sienten los que ya van al colegio

Aquí me esperaba lo contrario de lo que encontré. Los que han crecido con esto no son sus fans.

Una encuesta de Gallup con 1.572 jóvenes estadounidenses de 14 a 29 años, hecha en marzo de 2026, deja un retrato incómodo: la mitad usa IA generativa al menos una semana sí y otra también, y el ánimo ha empeorado en un año. La ilusión bajó 14 puntos, hasta el 22%; la esperanza, a 18%; la rabia subió nueve puntos, hasta el 31%; la ansiedad sigue en el 42%. Ocho de cada diez creen que estas herramientas les van a dificultar aprender más adelante. Y al pensar, el 42% cree que les perjudica frente al 25% que cree que les ayuda.

Hay un matiz que no conviene pasar por alto: quien más la usa habla mejor de ella. Entre los que la usan a diario, la curiosidad la siente el 69%; entre los que no la usan nunca, la ansiedad la siente el 60%. Pero ni los usuarios diarios se libran de la tendencia: su entusiasmo también ha caído, 18 puntos en un año.

La conclusión que saco no es «son nativos digitales y ya se apañarán». Es casi lo contrario: son nativos en el uso y aprendices en el entendimiento, y esa mezcla no conviene dejarla suelta. Un dato del aula lo ilustra: el 74% de los alumnos de primaria y secundaria dice que su colegio ya tiene normas sobre la IA, pero solo el 28% dice que el colegio le da herramientas para usarla. Normas sin nada dentro.

Dos avisos muy viejos

Antes de llegar al aula, me apetece mirar atrás, porque la escena tiene dos mil cuatrocientos años.

En el Fedro, Sócrates cuenta el mito de Theuth, el dios que inventó la escritura y se la llevó al rey Thamus como un regalo para la memoria de los hombres. Thamus no se la compró. Le dijo que el invento haría justo lo contrario de lo que prometía: quien aprendiera a escribir dejaría de ejercitar la memoria, porque se fiaría de los signos de fuera y no de lo que llevara dentro. Cada herramienta que guarda conocimiento por nosotros ha recibido el mismo aviso desde entonces: la imprenta, la calculadora, la enciclopedia, el buscador. Y en cada caso el aviso se cumplió a medias: perdimos algo y ganamos otra cosa que nadie había previsto.

Hay una diferencia esta vez, y es la única que me parece de verdad nueva: las herramientas anteriores se consultaban y esta contesta. La escritura no te dice «buena pregunta, vamos a verlo juntos». No discute, no halaga y no te llama por tu nombre.

La segunda mirada es de Hannah Arendt, en un ensayo de 1954 sobre la crisis de la educación. Escribe que educar es el punto en el que decidimos si queremos al mundo lo suficiente como para hacernos responsables de él, y si queremos a los niños lo suficiente como para no arrebatarles la oportunidad de hacer algo nuevo, algo que nosotros no habíamos previsto. Cada nacimiento, dice en otro lugar, es un comienzo. Trasladado al aula de hoy: si el primer interlocutor que contesta de verdad a un niño es una máquina que no tiene mundo propio, ¿qué le estamos entregando? Y si los tratamos como nativos que no necesitan explicaciones, no los estamos respetando: los estamos dejando solos con algo que no entienden. Ser nativo del uso ha sido siempre la excusa más elegante para no enseñar nada.

¿IA en las aulas?

Con los datos delante, la respuesta honesta es que la pregunta está mal hecha. Los dos experimentos serios que existen miden cosas distintas, y por eso parecen contradecirse.

Leídos juntos, los dos dicen lo mismo: la IA no enseña bien ni mal por ser IA, enseña como la hayan diseñado. En el primer caso, el mismo modelo daba un 17% de retroceso o ningún daño según cómo se le pidieran las cosas; en el segundo, un tutor hecho a medida superaba a la clase activa. La variable no es la tecnología, es la pedagogía que lleva dentro. Que es otra forma de decir que quien diseña el producto escolar está tomando ahora decisiones que antes tomaba un claustro de profesores.

Lo que ya está decidido

Sin esperar a que la discusión se aclare, media docena de normas ya están en vigor:

La pregunta

Me quedo con dos cosas.

La primera es que la sociedad ya está decidiendo, y lo está haciendo por partes: el móvil fuera del aula por un lado, el riesgo alto por otro, la edad mínima por otro, los protocolos del chatbot por otro. Cada pieza tiene su lógica y ninguna habla con las demás. Mientras tanto, ocho de cada diez chavales creen que la IA les va a pasar factura en su forma de aprender, y casi nadie les ha explicado por qué. Ahí hay trabajo, y no es trabajo de máquinas.

La segunda es la de verdad, y no tiene respuesta técnica. Si el niño que confunde un chatbot con una persona es el mismo que dentro de diez años tendrá que decidir qué es una persona, enseñarle a distinguirlo no puede ser una clase de informática. Y la pregunta que quería dejar aquí no es para el colegio, es para nosotros: ¿queremos la IA en el aula porque ayuda a aprender, o porque ya está en todas partes y no sabemos qué hacer con ella? Son dos motivos muy distintos, y solo el primero es una razón.

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